La deuda neta del Gobierno Nacional de Colombia cerró 2025 en torno al 58% del PIB, según estimaciones del centro de estudios Anif, y su magnitud ya tiene una traducción directa al bolsillo ciudadano: si se repartiera entre todos los habitantes, a cada colombiano le corresponderían alrededor de 20 millones de pesos. El nivel actual es uno de los más altos en más de un siglo y solo encuentra un antecedente comparable en la Guerra de los Mil Días, cuando la deuda habría alcanzado cerca del 85% del PIB.
En términos históricos, el aumento de esta carga individual es significativo. Hace 35 años, el mismo cálculo per cápita situaba la deuda en cerca de 2 millones de pesos por persona, lo que implica un incremento de diez veces en poco más de tres décadas. Este salto refleja no solo el crecimiento del stock de deuda, sino también una dinámica persistente de gasto público superior a los ingresos disponibles.
El deterioro fiscal se explica por una combinación de déficits recurrentes y mayores necesidades de financiamiento. Durante los últimos años, el país ha mantenido un balance primario negativo, con déficits de -2,4% del PIB en 2024 y -3,5% en 2025, niveles que no se observaban desde episodios de crisis económica como la recesión de finales de los años noventa y la pandemia.
El Comité Autónomo de la Regla Fiscal ha advertido que la situación actual exige un ajuste significativo del orden de 4% a 5% del PIB en los próximos años, equivalente a cerca de 80 billones de pesos en cuatro años. Sin ese ajuste, la trayectoria de la deuda podría volverse insostenible, aumentando la presión sobre las finanzas públicas.
La deuda externa también ha contribuido a este escenario. Tanto el endeudamiento público como el privado han alcanzado niveles elevados, lo que expone al país a mayores riesgos por variaciones en tasas internacionales y en el tipo de cambio. Este factor incrementa el costo del servicio de la deuda y reduce el margen fiscal disponible.
El contexto general muestra un deterioro progresivo de las finanzas públicas en las últimas décadas, impulsado por choques económicos sucesivos, mayor rigidez del gasto y una base de ingresos que no ha crecido al mismo ritmo. El resultado es una deuda que hoy no solo es una cifra macroeconómica, sino una carga implícita de gran magnitud por habitante.
